Nombres Propios de la Guitarra. José Tomás y su legado
José Tomás: el hombre y la modernidad guitarrística

Autor: Ignacio Rodes

La influencia que José Tomás ejerció en varias generaciones de guitarristas le convierte en una de las figuras más importantes de la historia de la guitarra en la segunda mitad del siglo XX.

Mi relación con él comenzó cuando yo tenía quince años. Durante más de siete y de manera ininterrumpida tuve el privilegio de estudiar bajo su dirección, desarrollando una estrecha relación. Posteriormente nos unió una amistad que se prolongó durante varias décadas y ello me permitió llegar a conocer profundamente a la persona y al músico.

En esta ponencia se trazarán los rasgos principales del hombre y de su pensamiento guitarrístico y musical, en donde destaca su decisiva contribución a la creación de un concepto de modernidad guitarrística fundamentado en la tradición instrumental.

PRIMEROS RECUERDOS DE JOSÉ TOMÁS

El día que iba yo hacia mi primera clase de guitarra en el conservatorio, con tan solo ocho años recién cumplidos, entré en el aula equivocada. En lugar de encontrarme con niños de mi edad veía estudiantes mucho mayores que, formando un semicírculo, me miraban sorprendidos. En medio, destacaba la figura carismática de José Tomás. Por entonces yo ya había oído a mi madre decir que era alguien importante en el mundo de la guitarra.

Recuerdo muy bien que al entrar, interrumpí la clase de un estudiante mexicano al que mucho tiempo después me uniría una buena amistad: Marco Antonio Anguiano. Supongo que a José Tomás le haría gracia la cara que pondría un niño tan pequeño y tan tímido que se había confundido de clase, cargando con una guitarra que era casi más grande que él. Atribulado, yo hubiera deseado esfumarme pero José Tomás, muy gentilmente, me invitó a pasar. Recuerdo estar bastante apurado porque llegaba tarde a la clase que me correspondía pero sobre todo, porque todos los estudiantes que allí estaban me miraban dejando entrever una sonrisa. Me senté y me quedé allí absorto, escuchando tocar la guitarra como solamente la había oído antes en los discos de vinilo de Andrés Segovia que me ponía mi madre. Cuando José Tomás terminó la clase con Marco, tímidamente le dije que me tenía que ir porque llegaba muy tarde a la clase que realmente me correspondía. Desde ese día, cada vez que me cruzaba con José Tomás en el conservatorio, me saludaba con una sonrisa que me hacía sentir un privilegiado. Nunca imaginé que esa persona iba a resultar alguien tan importante para mí.

A lo largo de ese año y en cursos posteriores en los que esperaba a mi madre para que me recogiera, yo le observaba con detenimiento cuando salía de su clase. Cada mes de septiembre, al comenzar el año académico, lucía una tez más morena de lo que en él ya era habitual, consecuencia de sus estancias en el camping de la playa de San Juan al que tanto le gustaba ir en los meses de verano. Me llamaban la atención las camisas blancas que solía vestir y que tiempo después supe que las había traído de una gira en Filipinas. Y no se me olvida su particular manera de llevar la guitarra: contrariamente a lo que yo siempre había visto, agarraba la guitarra de manera que el clavijero quedaba mirando hacia atrás. Por supuesto, durante algún tiempo yo copié esa manera tan distinguida de portar el instrumento.

Tendrían que pasar siete años hasta que por fin tuve el privilegio de convertirme en alumno suyo. Recibí mi primera clase cuando apenas tenía quince años. Yo estaba ese día bastante nervioso aunque muy estimulado por tener delante a una persona a la que ya por entonces admiraba mucho. Recuerdo que toqué el Estudio 5 de H. Villalobos. Cuando acabé y vi la expresión de su cara percibí que le había gustado. Era el comienzo de un largo aprendizaje y una estrecha amistad.

Hasta ese encuentro con José Tomás, mi dedicación a la guitarra había sido algo marginal. Todavía sentía pasión por el deporte, en el colegio me iban las cosas bien y me había acostumbrado a estudiar el programa de guitarra en los meses de verano para examinarme en septiembre. Pero aquella primera clase cambió la escala de mis prioridades y el rumbo de mis aspiraciones y a partir de entonces, mi dedicación al instrumento fue casi obsesiva. Las calificaciones de “Aprobados” y “Notables” que había obtenido en anteriores exámenes de guitarra pasaron a ser ese mismo año “Matrículas de Honor”. Acabé ese mismo año el Grado Profesional y ya quería dedicarme a la música.

En el Grado Superior coincidimos, entre otros, Yoshimi Otani, Carles Trepat y yo. Pepe nos asignaba el horario del viernes por la mañana porque según nos decía, la satisfacción que le producía esa mañana de clases le hacía empezar con alegría el fin de semana. Era muy evidente el aprecio que nos tenía a los tres aunque en más de una ocasión Yoshimi, que era unos años mayor que Carles y yo, le sacó de sus casillas. En ese sentido, recuerdo una azorada discusión sobre alguna cuestión relacionada con la Chacona de Bach porque Yoshimi no daba su brazo a torcer ante los razonamientos de Pepe. Muchas veces, al acabar las clases, nos íbamos los cuatro a tomar algo en una cafetería cercana y allí pasábamos muy buenos ratos.

Cuando ya estábamos finalizando los estudios en el conservatorio y con el propósito de que no compitiéramos entre nosotros por la obtención del Premio Extraordinario de Fin de Grado Superior, José Tomás organizó la manera por medio de la cual cada uno pudiera presentarse en convocatorias diferentes. Y así obtuvimos ese premio en distintas convocatorias Yoshimi, Carles y yo. En ese tiempo, creo que Alicante acogió el mayor número de estudiantes de todo el mundo que había venido a estudiar con Pepe en Alicante. El ambiente era fantástico. Recuerdo guitarristas de muchísimos países, las frecuentes reuniones en las que muchos tocábamos un pequeño concierto para rodar obras e incluso alguna iniciativa para comentar entre los asistentes las interpretaciones respectivas. Esto último no tuvo recorrido porque a veces los comentarios o las críticas que se hacían en voz alta, aunque fueran bien intencionadas, levantaban tensiones que resultaban incómodas. Eran continuas las fiestas que tenían lugar en las casas de muchos de nosotros. Aquello, sin duda, también era parte importantísima del aprendizaje musical.

Pepe tenía muchísimas anécdotas que contaba a menudo acerca de las excentricidades de algunos alumnos que habían pasado por Alicante. Desde la de aquel estudiante nórdico que se “arreglaba” las uñas rozándolas con el suelo hasta aquel otro, hijo de un aristócrata europeo, cuya principal obsesión era rodearse casi todas las noches de varias prostitutas en un céntrico hotel de Alicante.

Al finalizar mis estudios en el conservatorio y a lo largo de los dos siguientes cursos, José Tomás depositó en mí una gran confianza al pedirme que le sustituyera como profesor en el conservatorio en los períodos en los que debía ausentarse. Esa circunstancia me hizo a veces sentir un poco incómodo porque debía dar clases a estudiantes con más edad que yo y que además habían venido de muchos sitios para estudiar en Alicante.

Por lo que a mí respecta, me brindó siempre un trato exquisito y sus palabras siempre fueron estimulantes. Cuando salía de sus clases me invadían ganas enormes de poner en práctica todas sus indicaciones y sugerencias. Con el tiempo llegamos a desarrollar una relación que fue más allá de la que se podía esperar entre un profesor y un alumno. Con frecuencia iba a su casa para que me escuchara tocar, para hablar o simplemente para ver un partido de fútbol. De esta manera, llegué a tener con Pepe un trato casi paterno-filial. Recuerdo que estando en la playa de San Juan, nos encontramos con el gran guitarrista Baltasar Benítez, y le dijo: “Te presento a Nacho, mi cuarto hijo”. Aquello me sorprendió y me agradó profundamente. Por otra parte, compartí muchos momentos con su hijo Paco y sus hijas María Dolores y María Luisa con quienes además me divertí en muchas fiestas a las que íbamos juntos. Esa relación tan cercana llevó consigo que los afectos y los desencuentros tuvieran siempre una trascendencia mayor de lo que pudiera provenir de una relación convencional.

EL INCIDENTE EN SANTIAGO DE COMPOSTELA

Yo fui testigo indirecto de un hecho que afectó profundamente a Pepe y que tuvo lugar en el curso de verano de Santiago de Compostela de 1980. Un grave enfrentamiento con el entonces director de esos cursos, Antonio Iglesias, iba a suponer su exclusión del cuadro de profesores de un evento por el que sentía un gran aprecio. Creo que aquello marcó un antes y un después en la vida personal y profesional de José Tomás.

Cada año esperaba con mucha ilusión esa estancia de tres semanas en la ciudad gallega, en donde había disfrutado enormemente primero como alumno de Andrés Segovia en 1958, como su asistente en 1959 y después como profesor. Ninguno de los estudiantes que asistimos a ese curso de 1980 llegamos a saber algo sobre lo que allí había ocurrido y Pepe, con su actitud elegante, tampoco quiso hacernos partícipes de esa desagradable situación. Fue al regreso de aquel curso, ya en Alicante, cuando me contó una tarde en su casa los detalles de aquel enfrentamiento. Meses después, cuando supo con certeza que ya no volvería a Santiago y que José Luis Rodrigo ocuparía su puesto, un rostro abatido intentaba explicar la injusticia de esa situación y mantuvo durante bastante tiempo la confianza en que Andrés Segovia intercediera para reconducir aquello, algo que no llegó a suceder. A sus 87 años, seguramente nunca llegó a estar enterado sobre lo acontecido en Santiago de Compostela y sus consecuencias.

Aquel último curso que dio en Santiago en 1980 fue el comienzo de un período muy difícil para él. Yo tenía la impresión de que lo que había ocurrido allí le había dejado una marca demasiado profunda. Por una parte, el hecho de que un amigo como José Luis Rodrigo hubiera aceptado sustituirle, lo consideró como una traición. Por otra, se sentía defraudado con su admirado Andrés Segovia, quien en su opinión, tendría que haber intercedido para revertir aquella situación. En ese tiempo tengo el recuerdo de ver una expresión triste en su rostro que se convirtió en irritación cuando poco después dejó de ir, por razones que no vienen al caso, a los cursos de Tenerife que había estado impartiendo desde su creación por el Cabildo Canario.

Fue precisamente el año que yo asistí a los cursos de Santiago de Compostela cuando tuve la oportunidad de asistir a la interpretación representada de una curiosa obra compuesta por José Tomás, en la que expresaba de manera muy sutil y especial una cualidad muy importante de su personalidad: el sentido del humor. El título de la obra, “La pasión según se mire”, escrita para violín, viola, violoncelo y guitarra, ya deja entrever el dislate musical de su contenido. En aquella ocasión, los músicos que tocaron y representaron lo que Pepe había escrito minuciosamente en el pentagrama, eran también profesores del curso y muy buenos amigos desde hacía tiempo. Estamos hablando de intérpretes de la talla del cellista Marçal Cervera, el violista Enrique Santiago y el violinista Agustín León Ara. El cuarteto reflejaba una gran complicidad que expandía la jovialidad y la risa que provocaba esa obra. Guardo en mi memoria el entorno en donde aquello aconteció (un lugar oscuro iluminado por la luz de unas cuantas velas) pero apenas recuerdo el hilo conductor de esa fantasía musical, una especie de oratorio a lo largo del cual se alternaban secciones puramente musicales, efectos y textos declamados. Es posible que aquella fuera la última vez que se representó.

Sí, el humor fue una parte importante en la vida de José Tomás. En los cursos de Santiago había organizado durante veinte años consecutivos un partido de fútbol que enfrentaba a “guitarristas contra músicos” en una suerte de alegoría sobre la dudosa reputación que en ciertos círculos musicales tenían aquellos entre estos. Esa divergencia a la que Pepe hacía referencia tantas veces fue algo contra la que luchó siempre, intentando elevar el nivel de la guitarra mediante un tratamiento serio de las posibilidades del instrumento. De hecho, cuando escuchaba alguna grabación de un mal guitarrista o se encontraba con una transcripción mal realizada se refería a ellas como “productos de un francotirador”.

Hay que decir que ese sentido del humor no fue siempre bien entendido por algunos estudiantes que acudieron a sus cursos. Yo presencié algunas situaciones desagradables en las que el lenguaje socarrón de José Tomás fue percibido como un ataque directo por parte del alumno. Aunque Pepe no tuviera la menor intención de herir sensibilidades, lo cierto es que no siempre pudo controlar las consecuencias de ciertas bromas.

UNA DECISIÓN DIFÍCIL

Como he dicho anteriormente, mi relación con Pepe fue mucho más allá de la que pudo tener con cualquier otro alumno. Recuerdo haber compartido muchos momentos buenos y no tan buenos y me vienen a la memoria innumerables conversaciones que solamente pueden surgir entre personas en las que la confianza y el afecto se dan por descontados. A lo largo de varios años habíamos estado juntos en varios lugares de España, Italia, Suiza, Francia y Alemania. Y llegaba el momento de decirle que yo quería dejar Alicante y ampliar mis estudios en otro lugar.

Yo nunca encontraba el momento de comentarle ese deseo y decirle que quería pedir una beca para estudiar música antigua en Londres. Pasaba el tiempo y, sabiendo que esa decisión no iba a ser de su agrado, un día le llamé y le dije que quería verle esa misma tarde. Fui a su casa y después de una corta conversación, le expuse mi intención de solicitar una beca al British Council para estudiar música antigua en Londres. Yo no sabía cómo iba a reaccionar. Disuadiéndome, me explicó que lo que me más me convenía en ese momento era seguir estudiando con él en Alicante y eso hice durante un año más. Aunque yo había acabado el conservatorio hacía varios años, iba con cierta frecuencia a su casa para que me escuchara, sobre todo cuando estaba preparando concursos. Sus consejos siempre fueron esenciales para ganar los premios que conseguí en esos años.

Sin embargo, yo sentía la necesidad de cambiar de aires y al curso siguiente yo ya estaba en Londres, becado por el British Council. Sin ninguna duda, ese hecho enfrió nuestra relación. Pepe no llevaba bien que sus alumnos estudiaran con otros profesores pero en mi caso ello tenía una significación mayor. Cuando dejé Alicante, yo noté un distanciamiento que llegó a durar más tiempo del que yo hubiera imaginado.

En 1996 yo estaba viviendo en Nueva York y en enero de ese mismo año le envié una carta muy larga en la que le contaba muchas cosas. Me alegró mucho recibir su contestación en pocos días. Todavía conservo esa emotiva carta que releo de vez en cuando. Un mes después, en una de mis venidas a Alicante, quedamos para cenar en un restaurante del centro de la ciudad que a él le gustaba mucho. Nos habíamos citado pronto, con el fin de tener tiempo suficiente para conversar y recuperar parte de un tiempo en el que habíamos estado distanciados. Guardo un recuerdo maravilloso de aquella noche, en la que afloraron los mejores sentimientos que puede ofrecer el verdadero aprecio y la amistad. Nos vimos después en otras ocasiones hasta que las enfermedades que le acosaron al final de su vida (y que tanto sufrimiento le ocasionaron) me impidieron disfrutar de su afecto.

EL PROGRAMA DE ESTUDIOS DE JOSÉ TOMÁS EN EL CONSERVATORIO DE ALICANTE: LA MODERNIDAD GUITARRÍSTICA

La personalidad musical de José Tomás reunía todas las características necesarias para conducir la evolución del pensamiento decimonónico de Andrés Segovia hasta la modernidad guitarrística. Gran conocedor de la tradición guitarrística española, partía de sus fundamentos para sustentar la realización de numerosos procedimientos técnicos. Si analizamos el programa de estudios que confeccionó a principios de los años 60 y que estuvo vigente en el conservatorio de Alicante durante tres décadas, podemos llegar a varias conclusiones:

  • El desarrollo de la técnica instrumental está basado en los fundamentos de la tradición española que sistematizan Sor y Aguado en la primera mitad del siglo XIX y en menor medida, en los contemporáneos de la escuela italiana. Pasando por Tárrega y Pujol, llega en los últimos cursos hasta los estudios escritos poco antes de confeccionar la programación que nos ocupa y que cubren un lenguaje en el que la guitarra no se había movido con naturalidad. Así, en los tres primeros cursos que conforman el Grado Elemental, encontramos una atención principal a estudios y piezas de F. Sor, D. Aguado y F. Tárrega junto a M. Giuliani y M. Carcassi. Ese interés por la tradición más clásica sigue siendo fundamental en los tres cursos posteriores de los que constaba el Grado Medio aunque en esta etapa se incorporan estudios de E. Pujol, H. Villalobos, N. Coste y S. Dodgson. En el Grado Superior, es decir, en los cursos séptimo y octavo, encontramos la compleción de la serie de los estudios de Villalobos, otros estudios de algunos de los compositores ya mencionados a los que habría que añadir N. Coste y J. S. Sagreras y la incorporación de autores como F. G. Ghedini con el Studio da concerto (1959) junto a A. Jolivet con sus dos Estudios de Concierto (1965).
  • Atendiendo a las obras que José Tomás selecciona, es evidente el cuidado e interés que pone en el estudio de la música antigua y de J. S. Bach. Habíamos dicho que en el tercer curso ya aparecen transcripciones de piezas escritas para la guitarra barroca (G. Sanz y L. de Ribayaz), un repertorio que vuelve a estar presente a lo largo de todo el Grado medio (cuarto, quinto curso y sexto curso) y que está representado por obras de S. De Murcia, F. Guerau, L. Roncally o R. De Visée. Los vihuelistas y laudistas del renacimiento se presentan en el quinto y sexto curso junto a laudistas del barroco como S. L. Weiss, J. A. Losy o E. G. Baron así como transcripciones de J. S. Bach, cuyas obras seguirán presentes en los cursos de Grado superior o Perfeccionamiento. Hay que destacar que, entre el repertorio clásico del siglo XIX, solamente incluye obras de Fernando Sor junto a alguna composición de F. Molino y M. Giuliani. Ni rastro de Aguado, Legnani o Diabelli. Ese afecto hacia Sor y cierto desprecio por una gran parte de la música escrita por los italianos de la primera mitad del XIX y por casi toda la música escrita para guitarra en la segunda mitad de ese siglo fueron característicos en sus apreciaciones musicales.
  • El repertorio segoviano aparece claramente representado por obras españolas y extranjeras del siglo XX, desde Turina, Torroba, Tansman, Mompou o Manen hasta Castelnuovo Tedesco, A. Roussel o M. *Están presentes J. Rodrigo, A. Ruiz Pipó, A. Salazar, R. Rodríguez Albert, R. Sáinz de la Maza, M. Palau y por supuesto los compositores españoles y extranjeros que escribieron para Segovia como F. M. Torroba, J. Turina, M. M. Ponce, M. C. Tedesco, A. Tansman o A. Roussel. No podía faltar el Homenaje a Debussy de Falla, obra por la que sentía verdadera veneración que a todos nos transmitió. Ya encontramos en el tercer curso obras con un lenguaje contemporáneo de F. Poulenc, J. Absil o A. Uhl. Ese interés por los compositores con un lenguaje avanzado aplicado a la guitarra y que habían escrito para ella pocos años antes de confeccionar ese programa aparece de manera insistente a partir del séptimo curso: R. Smith Brindle (El Polifemo de Oro), B. Britten (Nocturnal), L. Berkeley (Sonatina), S. Dodgson (Partita n.1), H. W. Henze (Drei Tentos), G. F. Malipiero (Preludios), M. Ohana (Tiento), Franz Burkhart (Passacaglia) o Frank Martin (Quatre pièces brèves).
  • Entre las omisiones, destaca sobremanera la de M. Llobet. Su nombre no aparece en este programa. Me consta que José Tomás no tenía un gran concepto de él: criticaba sus transcripciones y tendía a infravalorar sus composiciones. Su opinión sobre Llobet empeoró cuando salieron en cassette y en un estado lamentable las grabaciones de sus discos de 1927. Recuerdo haber tenido varias conversaciones al respecto con Pepe sobre esta cuestión.

Analizando detalladamente este Plan de Estudios podríamos afirmar que debió ser el más avanzado y completo de la época. Sus principales características podrían quedar resumidas en los siguientes puntos:

  • Establecimiento de un concepto claro de respeto hacia la tradición instrumental.
  • Expresión de una clara admiración hacia el repertorio impulsado por su maestro A. Segovia.
  • Interés en establecer un puente entre el lenguaje compositivo que predicaba Segovia para el instrumento y aquel que empezaba a abrirse paso entre las nuevas generaciones. José Tomás tenía gran interés en la difusión de un repertorio nuevo.
  • Todas las obras y estudios que aparecen en ese Plan de Estudios del Conservatorio de Alicante reúnen lo que para José Tomás era innegociable: un nivel de calidad musical que pudiera ser comparado con el contenido de otros programas de estudios instrumentales como el piano o el violín.

 

Primer programa de estudios en la especialidad de guitarra del conservatorio de Alicante, elaborado por José Tomás

CONCEPTOS PEDAGÓGICOS DE JOSÉ TOMÁS

Para José Tomás, el intérprete era un medio para transmitir los deseos del compositor y por tanto, se debía a la partitura: estaba obligado a entenderla en todos sus extremos.
Como es lógico, en sus clases quedaban reflejados muchos rasgos de su pensamiento musical que se pueden resumir en cuatro puntos fundamentales:

  • Claridad en el análisis y en la exposición estructural de la obra.
  • Coherencia del fraseo y de la articulación.
  • Búsqueda del sonido pertinente y
  • Minuciosa exploración de las posibles digitaciones para llegar a aquella que resultara óptima.

Creo que su planteamiento musical se acercaba en muchos aspectos al que podía desarrollar un buen director de orquesta.

Su enfoque pedagógico estaba muy dirigido hacia los estudiantes que ya tenían un nivel instrumental aceptable. Se podría decir que Pepe no se detenía en problemas técnicos que debieran estar ya resueltos. Confiaba en el talento natural y en la capacidad personal para el desarrollo de procedimientos que no fueran estrictamente musicales aunque por supuesto intentaba promover los fundamentos instrumentales básicos. En ese sentido, seguramente no era el profesor adecuado para cubrir las necesidades y objetivos de ciertos alumnos. Sus clases no llegaban a ser muy productivas para un estudiante que no dispusiera de los medios esenciales para llevar a cabo un desarrollo musical de cierto nivel. En cualquier caso, todos sabemos que en el campo de la interpretación musical es difícil encontrar un profesor que responda completamente a unas necesidades propias de cada alumno y que requieren a su vez consejos individuales e intransferibles. En su modestia, solía decir aquello de que “más que de un buen profesor, hay que hablar del buen alumno”.

Mi gran amigo y maravilloso guitarrista Gabriel García Santos, describía así su experiencia en sus clases con Pepe:

Para José Tomás, la partitura era lo máximo, un código de signos que había que analizar con profundidad y denuedo el tiempo que hiciera falta. Como un director de orquesta. El paso posterior era llevar las conclusiones a la guitarra. Este paso era a veces arduo, pues el alumno, por un exceso de celo, de responsabilidad, de veneración por la obra y/o el autor, podía llegar a agarrotarse. (Conozco a alguno que, para lograr tocar el «Homenaje» de Falla, tuvo que «olvidarse» de las clases de Tomás, de tanto que exigía de esta obra). Con Tomás aprendí a enfocar la obra de manera más racional, no sólo emocional. En contraste, para José Luis González, la partitura no dejaba de ser un «pretexto» para lograr una bella ejecución.

En este sentido, José Tomás tenía un pensamiento musical diferente no solo de su maestro A. Segovia sino también de los que fueron los principales discípulos de éste: C. Parkening, J. Williams, O. Ghiglia, A. Díaz y el mismo J. L. González. Llegó a dar algunos conciertos a duo con su gran amigo Ghiglia y recuerdo que al regreso de uno de esos recitales en Roma me dijo que había sido la última vez que tocaban juntos. Según Pepe, Ghiglia hacía lo que le venía en gana con el tempo. Para José Tomás, entender y saber transmitir el espíritu estructural del tempo y sus posibilidades en una obra fue uno de los ejes centrales de su pensamiento y también de sus enseñanzas. Odiaba las fluctuaciones caprichosas del tempo, algo que consideraba anticuado y propio de generaciones anteriores. Curiosamente, esa reflexión sobre el tempo coincide con la crítica que Paco de Lucía hacía en esa dirección sobre los guitarristas clásicos.

EL PERFECCIONISMO DE JOSÉ TOMÁS

En su personalidad se veía claramente una clara tendencia hacia el perfeccionismo que se podía reconocer en cualquier actividad en la que pusiera su atención. Comentó en más de una ocasión que cuando le dijo a su padre que quería dedicarse a la guitarra, en unos tiempos difíciles en la España de entonces, lo que recibió como respuesta fue lo siguiente: “si quieres seguir con la guitarra, adelante, pero hazlo bien”. Y ciertamente así fue siempre.

De hecho, creo que una de las facetas más destacadas de su personalidad era la tendencia hacia el perfeccionismo. A todos los que hemos visto sus manuscritos musicales, nos ha llamado la atención el trazo tan preciso y limpio de su caligrafía.

Esa inclinación hacia el detalle y el trabajo bien hecho se podía reconocer incluso en sus aficiones. Durante una época, ocupaba ratos libres en hacer maquetas de motos y coches. Recuerdo la vitrina que tenía en su casa: impresionaba el alto grado de perfección al que llegaba en todos los detalles. Eran como pequeñas obras de arte en plástico.

He llegado a pensar que, en algún momento de su vida, esa tendencia hacia la perfección, quizá extrema, llegó a convertirse en un obstáculo para el desarrollo de su carrera como intérprete.

MIS RECUERDOS DE JOSÉ TOMÁS COMO CONCERTISTA

Yo tuve la oportunidad de asistir a seis de sus conciertos: tres de ellos en Alicante (Teatro Principal de Alicante, Sociedad de conciertos; recital con motivo del estreno de la Sonatina de A. Blanquer en la Escuela de Magisterio y Concierto Homenaje a Eusebio Sempere en el Museo de La Asegurada ), uno en Madrid (Fundación Juan March), otro en el Ayuntamiento de la Laguna (Tenerife) y otro más en la ciudad suiza de Boswill (Fundación Alte Kirche). Todos ellos fueron de un gran nivel pero este último, celebrado el 25 de octubre de 1980 lo recuerdo como algo excepcional. Según me dijo, había sido uno de sus mejores conciertos y se le veía exultante al finalizar.

Sin embargo, creo que a partir de 1982, empezó a sentir cierta aversión al escenario. Una vez, estando yo en su casa, alguien le llamó por teléfono para concretar la fecha de un concierto. Al terminar la conversación telefónica me dijo: “me llaman para concretar una fecha dentro de unos meses…¿y cómo voy a saber yo si para entonces, en ese día y a esa hora estaré yo con ganas para tocar ante el público?” Yo no lo entendí muy bien porque en vez de estar contento parecía contrariado, pero esa reacción era significativa. De hecho, debió ser en ese tiempo cuando Pepe empezó a no disfrutar de la actividad concertística. Recuerdo un concierto suyo en La Laguna en febrero de 1982 (del que guardo una grabación) en el que era evidente que no se encontraba a gusto. Yo estaba con él antes del concierto, mientras calentaba y ante mi sorpresa, le parecía que todo sonaba mal. Se le veía nervioso, incluso probando digitaciones diferentes en obras que estaba a punto de tocar.

Pocos meses después volvió a tocar en Alicante en un homenaje al pintor Eusebio Sempere y a mí me parecía estar viendo a un guitarrista diferente a aquel que había escuchado dos años antes en Suiza y que había ofrecido un concierto extraordinario. Un año después, el 9 de julio de 1983, daría en Cambrils el que sería su penúltimo recital antes de cerrar una intensa carrera concertística que lamentablemente fue demasiado corta. No estuve presente allí pero he tenido la suerte de escuchar la grabación. Fue un concierto maravilloso. La última vez que ofreció un recital completo fue el 17 de febrero de 1984 en Santiago de Compostela. Sus postreras apariciones en público tuvieron lugar en Dénia en los veranos de 1990 y 1991, compartiendo escenario con algunos de los profesores participantes en los cursos internacionales de música que se impartieron en esa ciudad.

Tras los recitales de Cambrils y Santiago de Compostela, Pepe estuvo varios años prácticamente sin coger la guitarra. Decía que no se sentía suficientemente estimulado. A punto estuvo de volver al escenario casi cinco años después, con motivo de una serie de conciertos que la Caja de Ahorros de Alicante organizó en 1988. Yo le animé para que preparara un programa y participara en ese ciclo. Parecía remontar el vuelo, volvió a estudiar, lo estuvo pensando durante algún tiempo y yo llegué a creer que vería a Pepe nuevamente en concierto. Lamentablemente, cuando se iban a imprimir los programas se echó atrás. Su faceta como intérprete la había dejado de lado definitivamente.

La enfermedad que Pepe padeció en los últimos años trajo consigo mucho sufrimiento, no solamente para él sino también para su familia.

Todos los que tuvimos la suerte de conocerle y disfrutar de su amistad le recordaremos siempre.

Ediciones de La Posada. Publicación del Festival de la Guitarra de Córdoba
Depósito Legal: CO 996-2019
ISBN: 978-84-89409-75-0